Corrientes de teorías feministas: Decolonial y radical

Referente teórico y conceptual

La Alianza se fundamenta epistémicamente en las teorías feministas, desde dos corrientes principales: el feminismo radical y el feminismo decolonial.

El feminismo radical es de máxima utilidad por la crítica ha hecho al derecho y por como teoría crítica cuestiona los postulados que soportan el status quo de la base conceptual jurídica. En este sentido, la abogada y feminista radical norteamericana Catherine Mackinnon (EEUU 1946-), exponente de las críticas producidas por el feminismo radical al derecho, analiza en su libro Hacia una teoría feminista del Estado publicado en 1995 el significado que la jerarquía entre los sexos tiene en la política y ofrece una explicación acerca del poder masculino como un todo ordenando y a la vez descompuesto, que se expresa en el Estado y en su “una política sexual de dominio masculino” que se aplica a través de la ley, y justifica el poder estatal y el poder legal, ambos presentados como poderes masculinos. Su obra ha sido “un análisis de la diferencia entre los sexos que pueda explicar el lugar omnipresente y crucial que el sexo ocupa como dimensión socialmente omnipresente y, en un sentido particular estructural. Trata de comprender la diferencia de los sexos como una forma de poder y el poder en sus formas sexuadas. Buscar el lugar del sexo en todas las cosas no es reducir las cosas al sexo” (Mackinnon 1995, 14-15) [1]. Su análisis acerca del derecho no es idealista, por ello no asume que las leyes puedan solucionar los problemas del mundo, ni tampoco considera que los argumentos los tribunales pueden mejores incluyendo a las mujeres; por el contrario, reconoce el poder del Estado y el poder de la ley como realidades políticas, que confieren conciencia y legitimidad. Aunque sus ideas no presentan una crítica de los derechos per se, si la realiza de su forma y contenido como algo masculino, y por lo tanto “excluyente, limitante y limitado”, al respecto dice Mackinnon “Una cosa es que los hombres es que los hombres blancos de clase alta rechacen los derechos por intrínsecamente liberales, individualistas, inútiles y alienantes: los poseen incluso de hecho incluso cuando afirman renunciar a ellos en teoría. Otra cosa, es volver a formular la relación entre la vida y la ley sobre la base de la experiencia de los subordinados, los menos favorecidos, los desposeídos, los silenciados: en otras palabras, para crear una jurisprudencia de cambio” (Mackinnon 1995, 15).

La perspectiva de Mackinnon revierte el problema del discurso jurídico, cuyas críticas han sido ubicadas en la tensión igualdad y diferencia, para ella problema ahora reside en su incapacidad de explicar el poder de los varones sobre las mujeres; de acuerdo con esto, el derecho hace parte de un sistema de dominación en el que los varones tienen el poder de oprimir a las mujeres, opresión que se ejerce a través del control del lenguaje, de las instituciones culturales, sociales y legales, y del control del cuerpo de las mujeres. Por ello, es el cuerpo de las mujeres es el centro de la opresión masculina que permite a los varones acceder a la sexualidad femenina; en sí, la opresión femenina es la alienación de su sexualidad de las mujeres capaz de reducir sus capacidades a los deseos sexuales de los hombres (Kohen 2000) “A su modo de ver, la ley reproduce la sexualidad desde la perspectiva masculina y asegura el control masculino sobre el cuerpo de las mujeres” ejemplo de ello son sus críticas a las leyes acerca de la discriminación sexual, el acoso sexual o la violación, las cuales de alguna manera han contribuido a las mismas, por otra parte, las normas sobre prostitución y la pornografía vigentes, que tienen más que ver con el dominio de los varones sobre la sexualidad de las mujeres que con su seguridad (Mackinnon 1995). Las reflexiones de Mackinnon han promovido la idea de “una jurisprudencia feminista” distante del paradigma legal masculino, como base de un sistema jurídico que considere tanto las situaciones de opresión de las mujeres como su apreciación de la realidad. Dicha propuesta, hace del derecho un instrumento de lucha para desafiar la opresión masculina, mediante el cual se puede promulgar leyes sobre la violación, la prostitución y la pornografía, consideradas fuera de la regulación legal, y el abandono del enfoque masculino imperante. Sin embargo, esta propuesta no ha escapado a la crítica por considerar que correr el riesgo de “remplazar una jerarquía de la verdad por otra” al remplazar las teorías masculinas del derecho por teorías femeninas igualmente totalizadoras (Kohen 2000). En este sentido estas críticas fundamentan tanto el trabajo jurídico, político y académico que se produce desde la Alianza en pro del acceso a la justicia de las mujeres víctimas de pareja, expareja y otro tipo de relaciones.

Por otra parte, se incorporará en el análisis epistémico las posturas de los feminismos postcoloniales/decoloniales, quienes argumentan que el sistema patriarcal que ha generado las relaciones de poder inequitativas entre los géneros, no son una construcción de las sociedades colonizadas, sino una herencia eurocéntrica descrita por Aníbal Quijano citado en Mendoza (2010), como una construcción subjetiva fundamentada en oposiciones binarias tales como “civilización y barbarie, esclavos y asalariados, pre-modernos y modernos, desarrollados y subdesarrollados etc; sino que se toma por sentado la universalización de la posición epistémica de los europeos” (p.22). Concluyendo que todas las clasificaciones llevan inmersas sesgos ideológicos que buscan separar e imponer el poder de quién clasifica a los clasificados.

Según estas feministas; el principio organizador de las sociedades a partir del género, aparece en Latinoamérica sólo después del contacto y colonización:

Estas sociedades no dividían ni jerarquizaban sus sociedades en base a género, y las mujeres tenían acceso igualitario al poder público y simbólico. Sus lenguas y sistemas de parentesco no contenían una estructura que apuntara a una subordinación de las mujeres a los hombres. No existía una división sexual del trabajo y sus relaciones económicas se basaban en principios de reciprocidad y complementariedad. El principio organizador más importante era en cambio la experiencia basada en la edad cronológica. En síntesis, lo biológico anatómico sexual poco tenía que ver con la organización social. Era lo social lo que organizaba lo social. (Mendoza, 2010, p.22)

De esta manera el género es otra herencia colonial que fue insertado en los procesos de colonización, como uno de los patrones de poder para controlar el sexo y que sería globalizado como un aspecto normalizado por la civilización. Esta autora concluye que las mujeres además de ser racializadas fueron reinventadas como “mujeres” de acuerdo con los códigos y principios discriminatorios de género occidentales. Esta posición argumenta la idea de que al ser construcciones culturales, aunque estén naturalizadas en los imaginarios colectivos, pueden ser deconstruidos para reinventar sociedades igualitarias. Para el análisis del concepto de familia y de pareja, es indispensable pensar desde los feminismos decoloniales la manera en que esa institución de origen religioso permea la interpretación jurídica y posibilita la exclusión de lo diverso contrahegemónico.